Supuestamente los estilos han cambiado
los tobillos nunca han estado tan sensuales
y el rumor que se hace al caminar
socava profundamente las tristezas.
Los atrevidos suspiros se han soltado,
se han deslizado por las avenidas
y gozando el carnaval de zapatos
murieron deglutidos por la risa.
Tres horas han pasado ya los trenes
ausentándose por siempre de las luces,
reduciéndose, doblándose, culebreando,
van buscando darse besos en la cola.
La madera está de noche, como luz;
ténue, simple y convincente,
iluminada con bebidas sangrantes
de guerra de ciencia fresca.
Cuatrocientos ocho camisas
van tosiendo por las calles
y los cuellos almidonados
nerviosos pero firmes las acompañan.
Suenan como locas las sirenas
los pensamientos frescos
pero su sonido se oculta
detrás de los pistones golpeteantes.
Acomplejada cruza la avenida
a toda la gente
pesada como una serpiente anciana
sufriendo cada sobresalto asfáltico.
Tejiéndose los cables se trenzan
curtiéndose al calor de la basura
los muros de elegancia antigua
se han podrido por la sed.
Millones de ancianitas
caminan sonámbulas por su futuro
(construido con peinetas de carey)
ahora oliendo a rosarios.
Es persistente el goteo contínuo
de las cañerías infinitas
que van abriendo forados
para que respiren los viejos mamuts.
El aire blanquecino de
las flores ordinarias
perfuma el parque de tristeza
acobardando el humo feliz de los cigarros.
Camina el vaivén trémulo
con la expresión ausente
se aviva y sorprende
como un aullido sordo carcome el esternón.