Las gaviotas han dado su grito de guerra
y con las caras pintadas
han empuñado sus armas eólicas,
se han pegado a las nubes
como rampando.
El silencio las ha deshollado
con su calma indestructible
y el caos quieto dentro del cuerpo
les ha despertado
el instinto sagrado.
Perforando las entrañas
abiertas, de un ojo parpadeante,
se afilan los picos.
Una extraña sensación de fin del mundo
se apodera de sus músculos alares
y pervierte con un aire sacristánico
el sístole profundo del volar.
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